Cuentan los que saben —y los que todavía tienen memoria— que en el Fundo Moraga el silencio no siempre es soledad. Hay momentos en que el cerro se carga, y el aire se pone pesado, como si la tierra aguantara la respiración y una mirada a lo lejos rompiera la calma.
Pasó hace cincuenta años, en la década del setenta. Eran tiempos en que el campo era más bravo y la gente sabía leer las señales. Ese día iban los cuatro hermanos de la familia: Juan, Fernando, Efraín y José María. Hombres curtidos en la tierra, criados a pulso, de esos que no ven visiones y saben distinguir el paso de un animal del ruido del viento.
Iban subiendo por la ruta que lleva a lo que hoy llaman el Mirador del Valle. El sol estaba en lo más alto, pegando fuerte sobre los cerros. Iban tranquilos, a tranco corto, cuando justo al cruzar esa quebrada que corta el camino, la cosa cambió de golpe.
No fue un ruido. Fue la temperatura. En medio del aire seco, les pegó un viento tibio que les corrió por el “espinazo para arriba”. Una ráfaga de aire caliente, dulzón y pesado, que no venía del sol, sino que parecía brotar de la misma tierra.
Uno de los hermanos se paró en seco, con el escalofrío caliente todavía en la espalda. Señaló con la barbilla hacia adelante. —¡Miren allá! —dijo despacito.
Y ahí estaba.
A unos 50 metros, recortado contra la ladera iluminada, caminaba un hombre.
Lo que descuadró a los hermanos fue la estampa. Vestido entero de negro, con sombrero de huaso (de tela). Un luto cerrado, impecable, sin una mancha de polvo.
Y era inmenso, un hombre muy alto, mucho más espigado que cualquier cristiano de por acá. Caminaba "tranco a tranco", con pasos largos y firmes, con esa calma soberbia del que sabe que no tiene que pedir permiso para pasar.
"De la cara, nada; pura sombra. Pero lo que imponía respeto era la manta de Castilla. Se notaba que era prenda fina, de patrón antiguo, cayendo pesada y solemne sobre los hombros, quieta, sin que la moviera ese viento tibio que corría por la quebrada." — Testimonio de los hermanos Moraga
El hombre iba con rumbo fijo al nororiente. Encaraba la parte dura del cerro, allá donde se acaban los senderos.
Los cuatro se quedaron estacados. El tipo no los miró. Pasó nomás, con esa indiferencia aterradora del que se siente superior a todo. Fueron treinta segundos eternos.
Y ahí vino lo que no tiene explicación. El hombre no se escondió detrás de un litre ni un espino. Simplemente, se empezó a gastar ante sus propios ojos. Como cuando el calor del fuego hace bailar el aire, la figura se empezó a difuminar. La manta fina se hizo transparente, el negro del sombrero se deshizo… y en un parpadeo, no hubo más hombre. Se lo tragó la luz.
En ese mismo instante, con el corazón galopando, Fernando se miró la muñeca. Quizás buscando una explicación lógica, o queriendo saber cuánto tiempo habían estado parados ahí. Miró su reloj. Las agujas estaban clavadas, juntas, perfectas.
Eran las 12:00 del día.
Se miraron pálidos. Era la hora exacta. La hora en que el sol cae a plomo y las cosas no proyectan sombra. La hora en que, según los viejos, Dios descansa y el "Otro" sale a caminar sus dominios.
Recuperando el aliento, y con la porfía del hombre de campo que necesita ver para creer, corrieron a la quebrada a buscar rastro. El suelo ahí era de “choca”, tierra polvorienta y fina donde hasta una lagartija deja marca.
Nada. El suelo estaba liso. Planchado. Aquel gigantón había pasado a las doce del día sin ofender la tierra. No había peso, no había bota. Ahí entendieron que ese calor que sintieron en el espinazo no era de este mundo.
Bajaron a las casas en silencio.
Y cuando soltaron la firme, los inquilinos más viejos no se rieron. Movieron la cabeza con gravedad.
—A las doce en punto... —murmuró uno—. “Se toparon con el Mandinga”, dijeron. — Inquilinos antiguos del fundo
Porque la fama de ese “Huaso” no era solo de día. Su hora mala también era la noche. Ahí se supo que a varios jinetes del fundo ya les había pasado.
Contaban que, al pasar cerca de esa misma quebrada o por los portones oscuros, el caballo se les "empacaba".
La bestia se clavaba en el suelo, tiritando, sudando helado y resoplando con los ojos blancos de espanto.
Y el jinete sentía de nuevo el peso. Un bulto muerto caía en el anca, atrás de la montura. Y ese mismo calor de horno les quemaba la espalda. Al mirar de reojo, ahí iba él.
El mismo de la manta fina. Sentado en el anca, mudo, pesado como una condena. Iba de "polizón", respirándole en el cogote al jinete, haciéndose llevar un trecho por sus dominios hasta que se desvanecía.
Nadie sabe si el “Mandinga” sigue rondando los caminos y recovecos del Fundo Moraga, pero la advertencia sigue viva.
Hasta el día de hoy, cuando uno sube camino al Mirador del Valle y pasa por esa quebrada, a veces se siente de la nada ese viento tibio que sube por el espinazo. Si le pasa, mire la hora. Y si son las doce del día o de la noche... agache la cabeza y siga caminando.
No vaya a ser que venga el “Hombre” a conversar con usted…
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